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El Cabo y Faro Fréhel

El Cabo y Faro FréhelUnas de las mejores vistas del Océano Atlántico en Bretaña, las tenemos en el Cabo Fréhel, o Cabo Frec’hel, si lo decimos en bretón, y una de las razones, además de la belleza propia del mar, son sus espectaculares acantilados, con una altura de casi setenta metros y que constituyen parte de la denominada costa esmeralda.

La zona no es solo la favorita de los humanos amantes de la costa, también las aves acampan a sus anchas, constituyendo una gran reserva ornitológica.

Es un lugar espectacular para ver especies de aves marinas, algunas comunes como las gaviotas y otras no tanto, como el alca, con su pecho blanco y su cabeza y alas negras, que mas parece un pingüino, pero que es ave voladora originaria del hemisferio norte.

Desde el Faro de Fréhel, el moderno, construido en el año 1950 y con una altura de treinta y tres metros y una escalinata con ciento cuarenta peldaños, se tiene una panorámica amplia del Canal de la Mancha.

Es una buena oportunidad de ingresar en las entrañas de un faro, ya que son pocas las instalaciones que permiten el acceso y las vistas compensan la cantidad de escalones o la espera para entrar, pero es importante advertir que no está permitido la visita a la zona técnica, ni ver los mecanismos de funcionamiento.

En el Cabo Fréhel la vegetación es agreste, llena de brezos que acompañan al caminante a través de senderos junto al mar, hasta llegar al antiguo faro, que como todas las construcciones de otras épocas aportan la cuota de misterio a un paraje solitario y deshabitado.

Si a la riqueza natural le agregamos un entorno con vestigios histórico, tenemos una combinación perfecta para una excursión completa.

En el otro extremo del Cabo de Fréhel se encuentra un antiguo castillo, Fort La Latte.

El Cabo y Faro Fréhel

Imágenes: El Cabo Fréhel / Faro Fréhel

Menorca: Cabo y Faro de Cavallería

Menorca: Cabo y Faro de CavalleríaEn Menorca abundan los cairns, nombre inglés con el que se denominan los montículos de piedras, esas pequeñas montañas de rocas superpuestas que van aumentando su tamaño a medida que los viajeros transitan por su lado y realizan una contribución.

Esta tradición es muy antigua y dependiendo de la cultura tendrá una denominación diferente. Se los conoce también como mercuriales, en honor al dios romano Mercurio, que era el protector de los caminos y de los viajeros, o hermas, el equivalente en la mitología griega.

En América Latina, concretamente en el altiplano, son llamadas apachetas y también son colocadas por quienes transitan los caminos para pedir a los dioses que su viaje transcurra con normalidad.

Los menorquines promueven la construcción de estas mini montañas de piedras, transmitiendo su propia tradición, que indica que, quienes aporten una roca a la pila y lo hagan con el deseo de volver a la isla, el deseo se les concederá.

Si después de recorrer Menorca les ha gustado, no hará daño alguno que realicen la ofrenda.

Estas son muy abundantes en la zona del Cabo y del Faro de Cavallería.

Posiblemente sea una reacción natural de todo aquel que contemple una puesta de sol desde esa ubicación, al norte de la isla.

El Faro de Cavallería es muy bonito, no se puede acceder al interior pero vale la pena recorrer los alrededores durante el día, aunque también es muy recomendable una visita próxima al atardecer, para poder apreciar todo el panorama, las olas golpeando con fuerza los altos acantilados o adentrarse en una cueva que permite una visión especial de otras pequeñas islas cercanas.

La playa que se encuentra en la zona, también llamada Cavallería, es una de las mas bonitas de la Menorca, alejada del circuito, aunque no esperen verla desierta en temporada alta. Tiene una extensión de aproximadamente quinientos metros, con arenas un poco gruesas, pero de tacto agradable en la piel.

Menorca: Cabo y Faro de CavalleríaImágenes: acantilados del Cabo y Faro de Cavallería /Primer plano del Faro de Cavallería.

Bell Rock en el mar: el Faro

Bell Rock en el mar: el FaroPara quienes gustan del mar, los faros tienen una atracción casi irresistible, al igual que los relatos de cómo los marineros de otros tiempos escuchaban el canto de las sirenas que los atraían y lograban que se acercasen a la costa produciéndose el gran desastre.
Durante siglos de navegación, muchos marinos temieron determinados acantilados e incluso algunas zonas o costas, por las rocas traicioneras que no se dejaban ver, pero que sabían por los relatos de otros marineros que por allí se habían hundido muchas embarcaciones.
Tal es el caso de una zona en el Mar del Norte, perteneciente a la costa de Escocia, a unos dieciocho kilómetros de Angus, una pintoresca comarca cargada de historia.
A esa distancia se encuentra una peligrosa roca sumergida en el mar. En los duros inviernos escoceses, cuando la marea está alta, la roca llega a permanecer unos tres metros bajo el mar, pero si hay marea baja y las aguas están en calma, también es difícil de detectar.
A este escenario de numerosos naufragios, el ingeniero Robert Stevenson quiso ponerle fin.
La tarea de construir un faro en medio del mar no iba a resultar una tarea fácil.
Bell Rock, por un tema de mareas estaba sumergida dos veces al día, con lo cual sólo se podía trabajar una media de dos horas en cada marea baja y sólo podía hacerse durante los meses de verano, cuando el mar estaba más calmado.
El proyecto estuvo a punto de abandonarse, hasta que sucedió una gran tragedia: en 1804 el barco de guerra HMS York naufragó y perdieron la vida casi quinientas personas que formaban su tripulación, por lo que se decidió continuar.
El Faro de Bell Rock está considerado una verdadera maravilla de la ingeniería, a pesar de haber cumplido los doscientos un años sigue en pie, mérito que solo puede atribuirse a su diseño, dadas las condiciones adversas en las que se encuentra, con el mar todo el tiempo golpeando sobre él.
Una de las teoría puestas en práctica fue desviar la fuerza de las olas haciendo que las paredes del faro ganaran inclinación poco a poco. La base tiene 12,8 metros de diámetro y la última planta  4,11 metros.
Las tareas de construcción llevaron casi cuatro años de trabajo. El Faro de Bell Rock encendió su luz se por primera vez el 1 de Febrero de 1811.
Tiene el orgullo de haber conseguido que desde ese día hasta hoy, ningún barco ha naufragado por culpa de la famosa “Roca de la Campana” donde se encuentra emplazado.
El faro ha sufrido modificaciones, pero su esencia se mantiene, su torre de treinta y cinco metros de altura de piedra blanca aún se mantiene estoica.
Se puede visitar, pero el viaje es largo y no siempre se puede realizar. Existe un servicio que realiza el traslado, que teóricamente está disponible todos los días del año, pero depende de las condiciones climáticas y no se puede acceder a la torre.
Si se dispone de los medios económicos, se puede alquilar un barco en Arbroath o abordar alguno de los pesqueros que zarpan los fines de semana y solicitar al capitán que se acerque al Faro todo lo posible, aunque suele ser difícil, dependerá de si se cuenta con las medidas de la seguridad, de si lo permiten las mareas, las corrientes y las condiciones climáticas en general. Además, el Faro actualmente está automatizado, nadie vive en él desde hace algunos años y no se puede acceder.
Como se puede leer en la página oficial: “Bell Rock sigue siendo, a pesar de su Faro y sus razones para estar allí, uno de los lugares más peligrosos en esa parte del mundo para llevar a cabo un viaje seguro”.

Imagen: El Faro de Bell Rock

Isla Palagruža: destino solitario

Isla Palagruža: destino solitario

Hay quienes trabajan en una pequeña oficina, en un pequeño cubículo, en solitario y su mayor deseo es disfrutar de unas vacaciones al aire libre y rodeado de multitudes, gente por todas partes, cuanta mas personas, mejor.

Por otro lado, hay turistas que quisieran perderse del mundo habitado, porque a diario sufren el roce constante con sus congéneres.

Para este segundo grupo y para los que dispongan de una considerable cantidad de dinero, las posibilidades de encontrar sitios solitarios cada vez en menor, pero aún quedan islas despobladas.

Palagruža o Pelagosa es un pequeño archipiélago de Croacia, en el Mar Adriático, que en la actualidad carece de población humana permanente, aunque si hay rastros de civilización, ya que la Isla de Palagruža tiene muelle, un faro, una estación meteorológica y una solitaria iglesia.

Es en la actualidad una reserva natural, con una rica flora mediterránea, que se ha desarrollado gracias a su ubicación un tanto inaccesible. Se pueden apreciar en la isla una considerable variedad de especies de pequeñas orquídeas y en el mar peces poco comunes, aunque el buceo individual está prohibido.

En el punto mas alto de la isla y con una altura de noventa metros se encuentra el Faro de Palagruža, construido en el año 1875. Dentro del mismo se dispone de dos apartamentos, uno de aproximadamente 50 m² y otro mas pequeño, de 48 m² , ambos con dormitorio, sala, cocina y baño.

Quien quiera convertir en realidad el sueño de dormir en un antiguo faro, rodeado del inmenso mar, solo debe tener en cuenta que no es un destino apto para personas mayores, es importante un buen estado de salud, por las noches estarán completamente aislado de la civilización.

Imprescindible hacerse con un suministro de agua y comida, suficiente para los días que se estipulen de hospedaje, ya que un servicio de lanchas dejarán al turista en el muelle, luego de tres horas de recorrido en mar abierto y pasarán a recogerlo cuando les sea indicado.

Imagen: Faro de Palagruža